En la Antigüedad el mundo era visto bajo una concepción de tipo organicista – la naturaleza como algo vivo y dotado, propio de las culturas pre-industriales, semejante a la que mantienen los pueblos indígenas (Moro, 2007) – en la que todo pasaba a ser una entidad biológica inexplicable por separado. En contraste a esta visión, siglos después aparecería la visión mecanicista, donde se vería a la naturaleza como una máquina o mecanismo sujeto a leyes universales que pueden ser descubiertas mediante el método científico:

El organismo cósmico quedó fracturado. Entonces, a través de la revolución mecanicista, el antiguo modelo del cosmos viviente fue reemplazado por la idea del universo como máquina. Según esta teoría del mundo, la naturaleza ya no tenía una vida propia: carecía de alma, de espontaneidad, libertad y creatividad. La Madre naturaleza no era más que materia muerta que se movía en la obediencia perfecta a las leyes matemáticas establecidas por Dios (Sheldrake, 1994).

Si pudiera considerarse a la Torá como evidencia histórica, dándole un valor agregado a su evidencia cultural, puede atestiguarse cierto desprecio por la Naturaleza, vista como una mera fuente de recursos en disposición del hombre. Paradójicamente, un tema significativo en la reciente teologización del ambiente – disciplina que busca comprender el medio ambiente a través de una visión de tipo espiritual, enraizada en las creencias y confesiones de las distintas culturas – es aquél que hace mención a la posición del antropocentrismo en el corazón de la crisis ambiental. Más aún, las enseñanzas del Judaísmo y Cristianismo están consideradas como las principales causas históricas de este antropocentrismo. Así, se aplauden los esfuerzos para acercarse a una visión biocéntrica del universo, y cualquier vestigio de antropocentrismo se considera como una falla al adoptar una teología ambiental correcta. Sin embargo, situar cualquier patrón humanamente diseñado de pensamiento dentro de cualquier otro distinto al antropocentrismo está condenado al fracaso (Hill, 2000).

Entre los siglos XVI a XVIII se forjó un nuevo antropocentrismo, basado en la confianza en el progreso, la ciencia y la razón. La Revolución científica cambió la concepción sobre el funcionamiento del universo y del papel del hombre sobre éste, repercutiendo en el tratamiento de los asuntos económicos. Para la economía, antes del siglo XVI, era de interés el comercio, el comportamiento de los precios y los intereses de los préstamos, mas no la generación de riquezas ni los recursos.

A fines del siglo XVII ya se daba por supuesto que los hombres vivían insertos en un mundo de materia en movimiento, un mundo carente de finalidad específica y compuesto por materia manejable, controlable y explotable por el hombre. La ciencia, renovada también, ofrecía una imagen de la naturaleza que se acoplaba perfectamente a una sociedad en ascenso en que se iba a explotar la naturaleza en beneficio de los intereses privados. Relación causal o no, el cambio social producido durante la transición del feudalismo al capitalismo vino acompañado por un cambio en la imagen de la naturaleza, del organicismo animista al mecanicismo (Easlea, 1977).

La doctrina mercantilista planteaba que la fuente esencial de riqueza estaba en la acumulación de oro y plata, medios de pago internacionales por más de un siglo; pero los efectos devastadores de las guerras y el abandono de la tierra por parte de los nobles feudales en Francia a mediados del siglo XVIII, llevaron a la aparición de una nueva doctrina sustentada en la necesidad de conseguir alimentos: la fisiocracia. Para esta postura la naturaleza era la fuente del valor económico dada su capacidad para producir alimento, madera y minerales.

Smith, Ricardo y Malthus entran en discusión sobre la renta tierra, las fuentes de riqueza y el valor, limitando el concepto riqueza a las cosas útiles que poseen valor de cambio, lo que convertía a la producción de valores de cambio en el único modo de creación de riqueza. El hecho de que se creyera que los recursos naturales no eran escasos y de que, en caso de agotamiento, fueran sustituibles por otros factores de producción basados en el progreso técnico (escuela economista neoclásica), hizo que éstos quedaran fuera del objeto de la economía. En este punto, se considera que la naturaleza es una máquina creadora de riqueza previamente construida, y por tanto gratuita (Naredo 1987a, 1987b, 1996).

Luego de la caída del Muro de Berlín, y con ello el fracaso del modelo económico socialista-marxista, termina por consolidarse el capitalismo de corte liberal como único modelo económico viable en el mundo moderno (Fontana, 1992; Fukuyama, 1989, 1999; Milanovic, 2003) aunque, en realidad, desde el término de la Segunda Guerra Mundial que el Capital (como paradigma) se venía acuñando en una economía cada vez más reduccionista: Capitalismo de Estado y Capitalismo liberal (modelos americano, renano, británico, etc.) (Hansmann & Kraakman, 2000).

Moviéndose dentro de un marco de trabajo contraccionario, Beitz (1979) ha sugerido que los partidos políticos (i.e. los representantes de la sociedad en su conjunto) sujetos a un velo de ignorancia e inconsciencia sobre las dotaciones de recursos de sus sociedades, estarían de acuerdo con un principio de redistribución de los recursos que daría a cada sociedad una oportunidad justa para desarrollar instituciones políticas y una economía capaz de satisfacer las necesidades básicas de sus miembros. Sin embargo, el trabajar con esta propuesta a veces conlleva un fuerte valor heurístico, donde particularmente las características debilidades relacionadas con esta propuesta, concernientes a las futuras generaciones y a las especies no-humanas, no quedan en evidencia (Attfield, 1999). Por otro lado, la forma de abordar a la sociedad atomizada como un conjunto de entes individuales, no sólo rompe con la diversidad de grupos humanos, sino también con el equilibrio ecológico, donde se pone como prioridad la distribución de recursos que conlleva, tarde o temprano, a un desastre poblacional en el Tercer Mundo:

Financiaron y alentaron la “Revolución verde” que comenzó en los 60s y que obtuvo países del tercer mundo siendo capaces de alimentarse de manera más eficiente, a lo que los países del tercer mundo respondieron con una natalidad rápidamente creciente como revela la naturaleza exponencial de la teoría reproducción genética r. Los países que tenían unos pocos millones de hambrientos ahora tenían decenas de millones de personas sufrirían de hambre rápidamente. Occidente redobló sus esfuerzos en respuesta. (Grisham, 2014).

El deterioro de los sistemas de soporte vital ha impuesto una urgente necesidad de una sustentabilidad que sepa sobrellevar las imposibilidades biofísicas en un futuro no tan lejano. De la misma manera, los efectos de los errores en las decisiones de administración de los recursos se han venido observando frecuentemente. Por este motivo, la transición hacia la sustentabilidad ambiental está, por decirlo de una forma, en una carrera contra el tiempo debido al deterioro de los sistemas ecológicos y, con ello, sentencia a Occidente a un inminente colapso ecológico.

Referencias Bibliográficas.

  • Attfield, R. 1999. Chapter 10 Sustainability: perspectives and principles. The ethics of the global environment. Indiana: Purdue University Press
  • Beitz, C. 1999. Political Theory and international Relations, with a new afterword by the author p. 141. Princeton University Press, 1999 248 pp
  • Easlea, B. 1977 (1973) La liberación social y los objetivos de la ciencia. México, Siglo XXI Editores.
  • Hansmann, H. & R. Kraakman. 2000. The End of History of Corporate Law. Working Paper, NYU School of Law.
  • Fontana, J. 1992. La Historia después del fin de la Historia. Barcelona: Crítica.
  • Fukuyama, F. 1989. The end of history. National Interest, Summer.
  • Fukuyama, F. 1999. Pensando sobre el fin de la historia diez años después. El País Digital. Opinión. Jueves 17 Junio 1999 – Nº1140
  • Grisham, R. 2014. When The Food Wars Come… Amerika.
  • Hill, P. 2000. Environmental Theology: a judeo-christian defense. Journal of Markets & Morality 3, no. 2 (Fall 2000), 158-172 Center for Economic Personalism
  • Huntington, S. 1992. The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. The Atlantic Monthly; March 1992; Jihad Vs. McWorld; Volume 269, No. 3; pages 53-65.
  • Milanovic, B. 2003. The Two Faces of Globalization: Against Globalization as We Know It. World Development Vol. 31, No. 4, pp. 667–683, 2003
  • Moro, R. 2007. Pueblos indígenas y Derechos humanos; ¿Derechos individuales y/o colectivos? Eikasia. Revista de Filosofía, año III, 14 (noviembre 2007). http://www.revistadefilosofia.org
  • Naredo, J. 1987. ¿Qué pueden hacer los economistas para ocuparse de los recursos naturales? Desde el Sistema económico hacia la Economía de los Sistemas. Pensamiento Iberoamericano. Julio-Diciembre.
  • Naredo, J. 1987. La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico. Ed. Siglo XXI. Madrid.
  • Naredo, J. 1996. Sobre el origen, el uso y el contenido del término sostenible. La construcción de la ciudad sostenible. Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, Madrid, http://habitat.aq.upm.es/cs/.
  • Sheldrake, R. 1994. El renacimiento de la naturaleza. El resurgimiento de la ciencia y de Dios. Paidós. Barcelona, 1994.

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